Macroeconomics

El No a la Europeidad

En no a la Europeidad.
Por Giancarlo Salazar C.

Los cientistas sociales y políticos europeos cuentan con una larga producción científica sobre la historia y actualidad de los problemas americanos y afroasiáticos. Esto les ha servido para la construcción de los principales pilares de su identidad nacional y supranacional, que ha sido cimentada en oposición a los demás pueblos del planeta. Por ello se la pasan hablando de los demás y objetivando sus realidades. Construyen sujetos y narraciones que nosotros les creemos. Pues bien, en esta coyuntura, cuando la situación les es adversa, los científicos sociales y políticos del tercer mundo aprovechamos para objetivarlos y teorizar sobre sus problemas. Todo con la misma licencia que tienen ellos para teorizar sobre los nuestros.

El tema para que estén en el banquillo es el no en el referendo de adopción de la constitución europea en Francia. A los europeos, en su conjunto, no les sorprende la posición de Francia. En realidad, el antecedente citado, por todos los medios, del rechazo danés al tratado de Maastrich estuvo seguido por una profunda polarización entre el si y el no para la adopción del mismo, en el país galo. En 1992 la votación por el Tratado de la Unión Europea en Francia fue apretada, paso con el 51.49% de los votos[1]. Así que la preocupación por la posición francesa no es nueva.

Cabe decir que una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando. El consejo de ministros, director de la política de integración europea, centró su atención en lo que se consideró era el aspecto más vulnerable de la integración: los pobres de Europa. Por ello la nivelación económica efectuada por medio de acciones y fondos de cooperación fue el primer y principal paso de la estrategia para la integración política.

La adopción del euro significó un paso gigantesco en el proceso de integración en los noventa. Sin embargo lo que marcó la adopción del Sistema Monetario Europeo fue el triunfo de los economistas y capitalistas sobre los políticos. Recordemos que los €uros son los mismos en el sello pero diferentes en la cara. La economía se unió, la política no. El €uro significó un avance en la integración económica y un estancamiento del proceso de integración política.

Es evidente que la integración política esta fallando. Los liderazgos integracionistas europeos son fundamentalmente dos. Uno político y otro económico. La nación líder en la integración económica es Alemania. Los alemanes pueden dar un parte de satisfacción pues hasta el momento sus esfuerzos no presentan los reveses de la integración política. La nación líder en la integración política es Francia, nación que a estas alturas no puede dar el mismo parte de victoria. ¿Cual es la razón fundamental para que se presente este fenómeno? Podríamos aventurar una respuesta desde la cultura política y el imaginario colectivo de la historia de los europeos.

Capitalismo:

La integración económica europea se funda en el capital. En ello no hay grandes escollos, pues Europa se considera a ella misma la cuna del sistema capitalista. Incluso los periodos o tendencias socialistas surgen de las mismas contradicciones del capitalismo. El capitalismo es un elemento generalizado en la cultura de la región desde el inicio de la era moderna y el desarrollo político de la clase burguesa. Puede decirse que es un común denominador. Las diferencias que presenta el sistema en las desigualdades sociales han sido corregidas con reformas de ajuste estructural en el gasto, e importantes esfuerzos de capital y solidaridad económica. La tarea que se pensó era la más difícil parece estar superada hasta el momento.

La cultura política:

La unión en el plano político se ha trabajado desde la perspectiva histórica del ancestro común: Grecia, Roma, la edad media, el Renacimiento y la Modernidad, y sus correspondientes instituciones. Se dicen a ellos mismos que la matriz de su cultura es la misma. Algo que es parcialmente falso, pero que les reconforta el ego. Sin embargo, para ser más específicos, en materia de cultura política la construcción de su ideario liberal burgués parte del periodo de la modernidad, y finca sus coincidencias regionales en la construcción de un Estado nacional liberal, y recientemente demócrata. Las prerrogativas en la construcción del nacionalismo moderno continúan vigentes. Esto es el pilar del escollo que hoy día sortea el proyecto de unión europea.

En el ideario europeo de constitución de un Estado se encuentra la noción de ciudadanía. La exposición de los conceptos-argumentos de la ciudadanía europea no ha sido bien entendida por las diversas nacionalidades, o más bien, mal expuesta por los franceses, líderes del proceso político. Eso de tener doble ciudadanía cuando toda la vida se ha tenido solamente una, y entendida ésta dentro de ciertas fronteras definidas, complica la comprensión y aprehensión de un ejercicio de ciudadanía en el cual existen pocos beneficios democráticos, pero sobre todo, nadie sabe donde empieza y mucho menos donde termina.

La definición de límites políticos en la constitución de estados modernos europeos fue determinante para que los pueblos vistieran la camiseta o izaran la bandera de un ente territorial. Esto no pasa en la constitución de una nación supranacional europea. Puede ser que el pueblo europeo continúe siendo muy moderno, mientras que sus dirigentes parece vivieran en la posmodernidad, donde las prerrogativas para la constitución de los Estados parecen haber cambiado.

El problema básico es que están “tratando de reemplazar un prejuicio político que durante siglos ha influido en el ánimo de los europeos y que ha hecho del mapa de Europa lo que es hoy –el prejuicio nacional – por una actitud mejor, una actitud europea”[2].

Es cierto que el problema básico es el citado. Sin embargo la estrategia para afrontarlo no fue la mejor. Afirmar que una actitud es mejor que la histórica y tradicional es un error craso en la inducción del concepto de doble ciudadanía, porque induce simultáneamente la disyuntiva y la elección de la nacionalidad. Ello supone una eventual renuncia a la nacionalidad moderna e histórica de cientos de años. Es como obligar una persona a negar la su infancia.

El asunto empeora sí se tiene en cuenta que, en el proceso de construcción de autodeterminación de los estados-nación europeos, subsiste el principio liberal de que la autonomía de los estados soberanos “podía ser una aspiración no solo de algunas naciones susceptibles de demostrar una viabilidad económica, política y cultural, sino de todos los grupos que afirmaran ser una <>”[3], y así mismo que el pilar de la nacionalidad residía en la “tendencia a definir la nación en términos étnicos, y especialmente, lingüísticos”[4].

Los idiomas, que sirvieron para cohesionar proyectos nacionales a finales del siglo XIX se erigen hoy como una condición sin la cual no es posible -para algunos- hablar de integración. La lengua hizo la diferencia que construyó las identidades nacionales al interior de la región. Por ello Franco obligó el castellano en España. De esta forma, sí para la cultura europea este elemento es constitutivo de proyectos de nación, el camino de integración federal europeo esta condenado a su muerte.

Aunque ese tipo de continuidades persistan es cierto que los tiempos han cambiado. Sobre todo desde la segunda guerra mundial. El nacionalismo nazi los avergüenza profundamente. Los europeos saben más que nadie que el nacionalismo alimentó el genocidio judío. En este sentido la ciudadanía europea se presenta como la oportunidad de alejarse del tipo de nacionalismo radical extremista. Entonces no todo está perdido.

Lo que podemos ver con mucha esperanza es que la comunidad europea es una cuestión política. De ahí la falla de su integración. “La comunidad europea no es productora ni comerciante, no es agente de fletes ni de seguros, como tampoco es una cooperativa ni un sindicato”[5]. Es esperanzador pensar que no necesariamente la vanguardia de la integración de los pueblos se encuentra en la economía ni en el estilo de vida capitalista.

Nuevamente los europeos dan una lección al mundo. El mensaje cifrado en el rechazo es que otro tipo de integración es posible.

[1] Rosario Besne Mañero y otros. La Unión Europea. Historia instituciones y sistema jurídico. Ed. Universidad de Deusto. Bilbao. 1998
[2] Walter Hallstein. La unificación de Europa. BID. INTAL. Buenos Aires. 1966. Pag 89.
[3] Hobsbawm. Eric, La era del imperio 1875-1914, Barcelona, Labor Universitaria, 1984, p. 142.
[4] Hobsbawm. Eric, La era del imperio 1875-1914, p. 145.
[5] Walter Hallstein. La Unificación Europea. pag 89.

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